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El cáncer de pene es una realidad latente

Por el Dr. Ricardo Soto-Rosa

Maturín el carpintero había llegado a Venezuela en una barcaza procedente de Trinidad. Desembarcó en el puerto de Carúpano una mañana de abril, siendo recibido por unos familiares residentes de El Pilar.

Comenzó como aprendiz de un tío que dominaba el arte de la ebanistería en una conocida fábrica de muebles, poco a poco también logró conocer y ejercer el oficio a la perfección.

Maturín era poco cuidadoso con la higiene, pasando varios días sin bañarse ni cambiarse de ropa por lo que la administradora de la fábrica le llamaba la atención, sugiriendo el correcto uso de jabón y desodorante, a lo que Maturín respondía con su precario español “un cochino más tú”

Cuando Maturín se sintió seguro en sus habilidades decidió independizarse y trasladarse a la ciudad de Cumana, donde hacía trabajos a domicilio y muebles por encargo. Mantuvo siempre sus malos hábitos higiénicos, evidentes por el tufillo que desprendía su presencia. Resultaba más conveniente visitarlo en el taller donde el olor a cola y aserrín disimula el hedor que emanaba su cuerpo.

Era cliente fijo de “Las cuevas profundas” conocido club nocturno, donde las chicas se lo peloteaban y le sacaban el cuerpo teniendo que ofrecer grandes propinas para recibir sus favores. Maturín desde su infancia había tenido dificultad para retraer el prepucio, razón por la cual prefería “mantener capucha puesta”. Así pasaron los años hasta comenzar a observar una dureza indolora bajo la piel de su prepucio que cada día se hacía más grande deformando su miembro viril.

En su descuido habitual dejó correr el tiempo, siempre estaba ocupado en sus grandes y frecuentes encargos, que le obligaron contratar a un ayudante llamado Fermín quien un día comenzó alarmarse porque ya el olor en el cuerpo de Maturín era permanente no cediendo ni estando recién bañado.

Durante la mañana Maturín intentó retraer el prepucio, siendo imposible, la piel endurecida y poco elástica no lo permitía, aquella dureza era bastante firme y la deformación en su miembro le preocupó de tal manera que decidió consultar en el dispensario cercano a su taller.

El médico que lo evaluó, de inmediato se percató de la presencia de un tumor en el pene, por lo que fue referido al hospital central donde llegó al servicio de urología, allí le observaron una extensa lesión tumoral blanquecina y con mamelones parecida a una coliflor, la misma invadía totalmente el glande y parte del cuerpo del pene.

Otro detalle que preocupó mucho a los urólogos fue la presencia de nódulos inguinales firmes y poco móviles compatibles con adenopatía tumorales que hacían el pronóstico bastante desfavorable.

Una vez terminada la evaluación el médico con cara poco expresiva le explico que debía practicar estudios a la brevedad  y ser intervenido quirúrgicamente, a lo que Maturín parafraseo “¿tu tiene que picar a mí?”.

El médico le explicó a Maturín que debía hacer una biopsia en el momento de la cirugía para decidir de acuerdo a resultados la magnitud del procedimiento a seguir que no solo podía perder por completo su miembro, sino que requería también estudiar los ganglios de la ingle a través de una segunda herida.

Esa noche Maturín estaba en shock, se tomó una botella de ron junto con su ayudante Fermín a quien no le contó del todo los pormenores de aquella visita médica. La semana siguiente Maturín estaba inapetente e insomne, nuevamente sentado en la sala esperando turno para ser evaluado con los resultados de los estudios practicados.

Escuchó cuando el médico le dijo a la enfermera: ahora pásame al musiu del tufo, a Mr. Maturín. Se levantó lentamente con el corazón acelerado y pasos inseguros, mientras se acercaba a la puerta del consultorio, sintió como un flash en su memoria, el recuerdo de aquella incertidumbre cuando camino por la endeble pasarela para abordar la vieja barcaza en la que dejó para siempre su amada Isla de Trinidad.

Para conocer de este y otros temas de interés visita mis redes sociales @drsotorosa.

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